2026/01/17

Capítulo 7: La expulsión de los moriscos — Ruptura demográfica y cambio social en Morés (1610)

Capítulo 7: La expulsión de los moriscos — Ruptura demográfica y cambio social en Morés (1610)

En la Edad Moderna, Morés era una localidad con una presencia morisca muy importante, y esa realidad marcaba su economía, su vida diaria y la organización del trabajo en la vega del Jalón. La expulsión decretada por Felipe III —ejecutada en Aragón a partir de 1610— supuso una ruptura brusca: familias enteras abandonaron el pueblo, se alteró el equilibrio social y se abrió un periodo de incertidumbre sobre el futuro de las tierras, las casas y los oficios.

De mudéjares a moriscos

Tras las conversiones forzosas en la Corona de Aragón, los antiguos mudéjares pasaron a ser oficialmente “moriscos” o “cristianos nuevos”, aunque conservaron en muchos casos parte de sus costumbres, redes familiares y saberes agrícolas. En Morés, esa población era numéricamente mayoritaria en varios momentos, algo que se refleja en recuentos tradicionales de fuegos: por ejemplo, se menciona que en 1495 había 61 fuegos (7 cristianos y 54 musulmanes) y 60 fuegos en 1543.

Morés en manos de señores

Las fuentes patrimoniales recogen que Morés “fue un lugar poblado por moriscos” y que en 1274 pertenecía a Ximeno de Urrea, pasando después por distintas manos hasta integrarse en la órbita de los Luna (rama de Almonacid), con Antón de Luna como último representante destacado antes de la confiscación y el cambio de señorío.

El decreto de expulsión

En Aragón, el bando se publicó en Zaragoza el 29 de mayo de 1610, después de que Felipe III firmase la orden en abril de 1610, y el proceso se organizó mediante concentraciones y salidas controladas. Entre las cláusulas habituales figuraban la obligación de partir en un plazo breve, la posibilidad de llevar bienes muebles “lo que pudieren” y un marco de sanciones para quien ocultase bienes o se ocultase. 


 

La salida desde Morés

La historia local difundida por el Ayuntamiento de Morés indica que “en 1610 fueron expulsados 980 moriscos”, cifra asociada a la salida de casi toda una comunidad.

Ese mismo texto describe un itinerario concreto: los moriscos de Morés se reunieron en Sabiñán con los de Purroy y siguieron una ruta que pasaba por Alpartir, Paniza, Azuara, Lécera, Samper, Caspe y Maella, señalado como el último punto en Aragón en ese tránsito.

Después: vacío y recomposición

El impacto no fue solo humano: la salida afectó a la disponibilidad de mano de obra, al cultivo de la huerta y a la continuidad de oficios ligados a la economía agraria. La misma fuente municipal señala que el año de la expulsión aparece como un momento de fuerte bajón en los bautismos, y que ya al año siguiente vuelven a registrarse nacimientos, lo que se interpreta como una repoblación relativamente rápida. 

 


Este cambio dejó también una huella en los apellidos que aparecen en los libros parroquiales a partir de 1610, donde se observa un reemplazo progresivo de apellidos asociados a la comunidad anterior por otros nuevos y recurrentes.

Curiosidades

  • En el relato histórico local se menciona un “cementerio musulmán” en el barrio de Suso, como recuerdo material de la comunidad previa (dato tradicional que conviene contrastar con estudios arqueológicos específicos).
  • También se recoge como tradición que Almanzor “estuvo” en el castillo, sin prueba documental conocida, por lo que debe tratarse como leyenda local.

Fuentes consultadas

Para profundizar en los hechos, personajes y tradiciones locales relacionados con este capítulo, una referencia muy recomendable es el libro "Algunas historias de la villa de Morés", de Francisco Tobajas Gallego (Ediciones Ende, 2023). En esta obra se recogen episodios de la historia de Morés y se ofrece información complementaria que amplía el contexto y los detalles tratados aquí.  

 


 

Descargo de responsabilidad

Nota: Este capítulo es divulgativo y se apoya en fuentes institucionales (Ayuntamiento de Morés, SIPCA e IFC). Para un estudio más preciso (censos originales, listados nominales, propiedades y repoblación), conviene acudir a documentación primaria y bibliografía especializada sobre moriscos en Aragón.

2026/01/06

Don Florentino Nonay Raga: Un hombre de pueblo, pastor de almas

Don Florentino Nonay Raga: Un hombre de pueblo, pastor de almas

In Memoriam (1938-2026)

El 3 de enero de 2026, la diócesis de Tarazona y el pueblo de Sabiñán despidieron a uno de sus hijos más ilustres: Don Florentino Nonay Raga, sacerdote diocesano que durante 54 años dedicó su vida al servicio de la Iglesia con un amor apasionado por Jesucristo y una entrega total a su misión formativa y pastoral. A los 87 años, dejó este mundo rodeado del cariño de quienes le conocieron, dejando tras de sí un legado de fe, sencillez y compromiso evangélico que marcó a generaciones de sacerdotes y fieles.​

Raíces en Sabiñán: un hombre de tierra

Saviñán – Torre Albarrana Calatayud

Florentino Nonay nació el 1 de febrero de 1938 en Sabiñán, un municipio de la comarca de la Comunidad de Calatayud, en la provincia de Zaragoza. Este pueblo de poco más de 600 habitantes, enclavado en el valle del Jalón y rodeado de campos de almendros, olivos y frutales, sería el lugar al que siempre volvería su corazón. Los sabiñaneros vieron en Florentino a uno de los suyos, alguien que nunca olvidó sus orígenes humildes y rurales.​

Creció en una época difícil de la historia española, marcada por la posguerra y las privaciones. Sin embargo, esos años forjaron en él un carácter recio, una profunda conexión con la tierra y un sentido de la solidaridad que nunca abandonaría. Quienes le conocieron recuerdan que era un "hombre de azada", alguien que disfrutaba del cultivo de la tierra y que encontraba en el trabajo agrícola una forma de oración y conexión con lo esencial. Esta dimensión terrenal de su personalidad contrastaba con su profunda vida interior y su claridad de pensamiento teológico, haciendo de él una figura equilibrada entre lo humano y lo divino.

Una vocación tardía: el llamado a los 35 años

En una época en la que la mayoría de los seminaristas ingresaban al seminario siendo adolescentes, Florentino Nonay tomó un camino diferente. Fue ordenado sacerdote el 29 de abril de 1973, en su pueblo natal de Sabiñán, a los 35 años de edad. Él mismo se definía con humildad y precisión como "sacerdote de vocación tardía" y "hombre de pueblo", reconociendo que el Señor le tenía reservado algo grande en el servicio a la Iglesia, aunque el llamado llegara más tarde que a otros.​

Esta vocación tardía no fue un obstáculo, sino más bien una ventaja. Los años vividos en el mundo antes de entrar al seminario le dotaron de una madurez humana, una comprensión de las realidades cotidianas de la gente y una capacidad de empatía que enriquecerían enormemente su ministerio sacerdotal. No llegó al sacerdocio con la ingenuidad de la juventud, sino con la experiencia de un hombre que había vivido, trabajado y conocido las dificultades de la vida ordinaria.

El formador: padre de la Calle Ávila

Seminario de Tarazona | Entorno y espacios exteriores

Apenas cinco meses después de su ordenación, el 1 de octubre de 1973, Florentino Nonay inició su andadura sacerdotal como formador del seminario diocesano de Tarazona. Esta sería su vocación dentro de la vocación: formar a las nuevas generaciones de sacerdotes. Durante casi nueve años ejerció como formador hasta que, el 31 de julio de 1982, fue nombrado Rector del Seminario Mayor de Tarazona, cargo que desempeñó hasta 1997.​

Durante estos 24 años en el seminario, Don Florentino dejó una huella imborrable en la vida de la diócesis. Se le conoció cariñosamente como el "padre de la Calle Ávila", en referencia a la ubicación del Seminario de Tarazona. Este apodo no era casual: reflejaba la relación paternal que establecía con los seminaristas, a quienes llamaba sus "queridos amigos del Seminario".​

Su labor formativa no se limitaba al ámbito académico o espiritual dentro de las aulas. Don Florentino acompañaba a los jóvenes en su discernimiento vocacional, pero también en su vida personal y familiar. Comprendía que la formación de un sacerdote no era solo cuestión de aprender teología o liturgia, sino de configurarse con Cristo en todas las dimensiones de la existencia humana. Por sus manos pasaron numerosos sacerdotes que hoy sienten su ausencia y recuerdan con gratitud su testimonio de vida y su ejemplo de fe.​

Además de rector, fue nombrado delegado episcopal al Servicio del Clero el 15 de septiembre de 1983, cargo que compatibilizó con el rectorado, y también ejerció como delegado diocesano de Vocaciones. Su compromiso con la formación del clero diocesano era total, y su presencia en todos los órganos consultivos de la diócesis de Tarazona —Consejo Diocesano de Asuntos Económicos, Colegio Diocesano de Consultores, Consejo Presbiteral, Consejo de Gobierno y Consejo Diocesano de Pastoral— demuestra la confianza que los obispos depositaban en él.​

El predicador: maestro de ejercicios espirituales

Uno de los aspectos más destacados del ministerio de Don Florentino fue su labor como predicador de ejercicios espirituales. Durante décadas, sacerdotes y religiosas de toda España acudieron a retiros espirituales guiados por él. Su lectura apasionada del Evangelio y de la doctrina social de la Iglesia, unida a su capacidad para conectar con las inquietudes espirituales de sus oyentes, lo convirtieron en un referente en este campo.​

Don Florentino no predicaba desde la distancia académica, sino desde la experiencia personal de un encuentro profundo con Cristo. Su verdadero amor apasionado a la figura de Jesucristo transparentaba en cada palabra, en cada gesto, en cada enseñanza. No era un maestro que transmitía conocimientos, sino un testigo que compartía vida.​

Espiritualidad: entre el Prado y el Carmelo

La espiritualidad de Don Florentino se nutría de dos fuentes principales que, lejos de contradecirse, se complementaban armoniosamente: la espiritualidad del Prado y el carisma teresiano.

Los Apóstoles Pobres: el espíritu del Prado

Don Florentino estaba profundamente inspirado por la espiritualidad de los "Apóstoles Pobres", asociación sacerdotal fundada por el beato Antoine Chevrier en Lyon (Francia) en el siglo XIX. Esta espiritualidad, conocida como la espiritualidad del Prado, nace del encuentro de Chevrier con los pobres y su decisión de vivir entre ellos para evangelizarlos desde la cercanía y la sencillez.​

El padre Chevrier compró un antiguo salón de baile llamado "El Prado" para convertirlo en un centro de evangelización de los más pobres y alejados. Su lema era claro: "¡Cuánta necesidad tiene Dios de sacerdotes pobres!". Para Chevrier, la pobreza evangélica no era solo un voto, sino una actitud existencial que permitía al sacerdote acercarse a los pobres sin distancias ni barreras, predicando con el testimonio de vida antes que con palabras.​

Don Florentino abrazó este espíritu con convicción. Su lectura apasionada del Evangelio y de la doctrina social de la Iglesia le llevó a buscar experimentar el Evangelio entre los pobres, convencido de que solo desde ahí se podía transformar el mundo mediante la evangelización y el servicio. No se trataba de un asistencialismo paternalista, sino de una opción radical por los más vulnerables, vivida desde la humildad y la cercanía.​

El carisma teresiano: la oración como amistad

Paralelamente, Don Florentino cultivaba un profundo carisma teresiano, es decir, la espiritualidad de Santa Teresa de Ávila y del Carmelo. Esta dimensión de su vida espiritual aportaba el contrapeso contemplativo a su compromiso social: la oración entendida como "trato de amistad con quien sabemos nos ama", según la célebre definición teresiana.​

El carisma teresiano se caracteriza por su humanismo (aprecio de la persona, virtudes humanas y sociales, alegría festiva), su misticismo (fuerte anhelo de vida teologal y experiencia de Dios en la oración) y su actividad apostólica (servicio a la Iglesia y atención a las necesidades del entorno social). Estos tres componentes se daban cita en la vida de Don Florentino de manera equilibrada.​

Su tensión ante los desafíos de la Iglesia y los signos de los tiempos, característica que mencionan quienes le conocieron, refleja esa inquietud teresiana por estar atentos a lo que Dios pide en cada momento histórico, sin acomodarse a lo establecido cuando la realidad exige audacia y renovación.​

El pastor: 28 años entre Morés, Sestrica y Viver

IGLESIA DE SAN PEDRO APÓSTOL

En 1997, tras casi un cuarto de siglo dedicado a la formación sacerdotal, Don Florentino inició una nueva etapa de su ministerio. El 7 de abril fue nombrado administrador parroquial de Morés, Sestrica y Viver de la Sierra, tres pequeños pueblos de las comarcas de Calatayud y del Aranda, en la provincia de Zaragoza. Esta responsabilidad pastoral se extendería durante 25 años, hasta el 10 de abril de 2022, cuando fue nombrado párroco "in solidum" (en solidaridad con otros presbíteros) de seis parroquias: Sabiñán, Paracuellos de la Ribera, Embid de la Ribera, Sestrica, Viver de la Sierra y Morés.
 
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Un cura de pueblo para el pueblo

En estos pueblos pequeños, Don Florentino desplegó todas las dimensiones de su personalidad sacerdotal. Quienes le trataron en Sestrica lo describen con palabras que resumen su esencia: "Siempre ha sido un sestricano más. Su sencillez, su humildad, su campechanía y el ser un hombre de azada por encima de su claridad de pensamiento, consiguieron que se hiciera con el corazón de todos".​

No era el párroco que vivía distante de sus feligreses, sino alguien que compartía sus preocupaciones, trabajaba la tierra como ellos, participaba de la vida del pueblo y se mostraba cercano en los momentos importantes y en los cotidianos. Esta cercanía no menoscababa su autoridad espiritual, sino que la reforzaba: era respetado precisamente porque no se sentía superior, porque no buscaba privilegios, porque vivía lo que predicaba.

Homenajes en vida: el reconocimiento del pueblo

Dos momentos especiales marcaron el final de su ministerio activo en estas comunidades:

El 30 de mayo de 2025, en la fiesta de San Félix, el pueblo de Morés le nombró Cofrade Honorario de Honor a través de su Cofradía de San Félix, en agradecimiento a los años que estuvo de "Pastor en medio del pueblo". Este reconocimiento reflejaba el cariño profundo que la comunidad sentía por quien había sido su guía espiritual durante casi tres décadas.

Homenaje recibido en Morés

Poco después, 
el 9 de septiembre de 2025, coincidiendo con las fiestas patronales de San Bartolomé a finales de agosto, el pueblo de Sestrica le dedicó un emotivo homenaje con la presentación de un libro titulado "Florentino Nonay: Párroco de Sestrica, 'un cura de pueblo y para el pueblo'", escrito por Gloria Pérez García, Directora General de Patrimonio de Aragón. La iglesia estaba abarrotada para el acto de presentación, en el que intervinieron el alcalde Miguel Pinilla, la autora del libro, el propio Don Florentino (visiblemente emocionado) y Raúl Romero, quien había sido siempre su padre espiritual y realizó una semblanza del homenajeado.​

Rosa Sánchez, quien escribió una crónica del evento, concluyó con palabras que resumen el sentir colectivo: "Lo despedimos con dolor, pero a la vez con la alegría de haberlo tenido con nosotros tanto tiempo".​

El servidor: Cáritas y Comunión Eclesial

Además de su labor pastoral directa, Don Florentino prestó sus conocimientos y energías al aspecto caritativo-social de la diócesis. Entre el 15 de agosto de 2007 y 2011 fue Delegado de Cáritas diocesana, cargo desde el que coordinó la acción caritativa de la Iglesia de Tarazona en favor de los más necesitados. Su espiritualidad del Prado encontraba aquí un cauce institucional para hacerse efectiva.​

Posteriormente, del 1 de noviembre de 2011 al 28 de agosto de 2017, desempeñó el cargo de Delegado de Comunión Eclesial, responsabilidad que implicaba fomentar la unidad y colaboración entre las distintas realidades eclesiales de la diócesis.​

Estos cargos, sumados a su presencia constante en todos los órganos consultivos diocesanos, demuestran que Don Florentino no era un sacerdote ensimismado en su parroquia, sino un presbítero con visión de Iglesia universal y diocesana, capaz de pensar y actuar más allá de los límites de su entorno inmediato.

Bodas de oro sacerdotales: el símbolo del almendro

El 29 de abril de 2023, Don Florentino celebró sus bodas de oro sacerdotales, completando 50 años de ministerio. La celebración eucarística fue un momento de profunda emoción y gratitud. El grupo de ex alumnos del Seminario de Tarazona le preparó un regalo cargado de simbolismo: un almendro.​

La elección no era casual. Como explicaron sus antiguos alumnos, el almendro representaba tres dimensiones de la vida y el ministerio de Don Florentino:
  1. "Tardío" de su vocación: el almendro es uno de los primeros árboles en florecer, pero Don Florentino había florecido tarde como sacerdote, ordenándose a los 35 años.
  2. "Podador" de lo fundamental: así como el almendro necesita poda para dar buenos frutos, Don Florentino había sabido podar lo superfluo en la formación de los seminaristas, centrándose en lo esencial.
  3.  "Cuidador" de lo sembrado: había cuidado con esmero la vocación de quienes pasaron por sus manos, dándoles el fundamento de unos valores que marcaron sus vidas.

Este regalo sintetizaba magistralmente toda una trayectoria sacerdotal: la fidelidad paciente, la sabiduría para distinguir lo esencial de lo accesorio, y el amor cuidadoso por quienes le fueron confiados.

Jubilación y últimos meses

En julio de 2024, a los 86 años, Don Florentino se jubiló oficialmente de sus responsabilidades pastorales. Sin embargo, como suele ocurrir con los sacerdotes que han dedicado toda su vida al servicio, la jubilación no significó retiro completo. Continuó residiendo en su querido Sabiñán, participando de la vida parroquial y manteniendo contacto con las comunidades que había servido durante décadas.
 
​Los últimos meses de su vida transcurrieron con la serenidad de quien ha cumplido su misión. Quienes le vieron en esos días cuentan que seguía tomando su café en el bar del pueblo, conversando con los vecinos, siendo uno más. Había vivido como predicaba: sin pretensiones, con sencillez, con autenticidad.​

Fallecimiento y despedida

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El sábado 3 de enero de 2026, a los 87 años, Don Florentino Nonay Raga entregó su alma a Dios. La noticia conmocionó a la diócesis de Tarazona y a todos los pueblos donde había ejercido su ministerio. El velatorio se realizó en la iglesia parroquial de San Pedro Apóstol de Sabiñán desde las 16:00 horas de esa tarde, continuando el domingo desde las 10:00 horas.​
El funeral se celebró el domingo 4 de enero a las 16:00 horas en la misma iglesia de San Pedro Apóstol, el templo donde había sido ordenado sacerdote 54 años antes. Fue un círculo que se cerraba: del pueblo había salido su vocación, y al pueblo volvía para su despedida definitiva.​
El Vicario General de la diócesis, Javier Bernal Gimeno, escribió una emotiva carta de despedida en la que resumió lo esencial: "Muchas cosas podemos decir del Rvdo. D. Florentino Nonay, pero lo más grande es que vivió con pasión y agradecimiento su sacerdocio, que amó y quiso a la Iglesia, que se esforzó por formar discípulos para el Señor y que gestionó y administró el patrimonio de las parroquias para alabanza y adoración a Dios".​
El obispo de Tarazona, Mons. Vicente Rebollo Mozos, junto al obispo emérito Mons. Eusebio Hernández, el presbiterio y la comunidad diocesana, manifestaron su pésame a familiares, amigos y compañeros sacerdotes.​

Legado: "Gracias" y "Os quiero" 

En los homenajes que recibió en vida, Don Florentino solía terminar sus palabras con dos expresiones simples pero profundas: "GRACIAS" y "OS QUIERO". Estas dos palabras resumen su personalidad y su manera de entender el sacerdocio.​

"Gracias" expresaba su actitud fundamental ante la vida: todo era don, todo era regalo de Dios. Su vocación tardía, su largo ministerio, las personas que había acompañado, los pueblos que le habían acogido... nada lo daba por merecido. Vivía en permanente gratitud.

"Os quiero" revelaba el corazón de su ministerio: no era un funcionario religioso que cumplía con su deber, sino un pastor que amaba a su pueblo, un formador que quería a sus alumnos, un hermano que apreciaba a sus compañeros sacerdotes. El amor no era para él una teoría teológica, sino el modo concreto de relacionarse con cada persona.

Hoy, quienes le conocieron le devuelven esas mismas palabras: "Gracias, Don Florentino, por tu entrega, tu ejemplo, tu sencillez. Te queremos y te recordaremos siempre".

Un testamento espiritual

Su vida entera fue un testamento espiritual para quienes le conocieron. De su ejemplo podemos extraer algunas lecciones que permanecen como herencia para la Iglesia y para la sociedad:

1. La vocación no tiene edad

En una cultura obsesionada con la juventud y la productividad, la vida de Don Florentino recuerda que el llamado de Dios puede llegar en cualquier momento de la vida. Su vocación "tardía" no fue un obstáculo, sino una bendición que enriqueció su ministerio con madurez y experiencia vital. Dios llama cuando quiere y como quiere, y cada edad tiene sus propios dones para ofrecer.

2. La formación es acompañamiento

Como rector del seminario, Don Florentino no entendía la formación como mera transmisión de conocimientos teológicos, sino como acompañamiento integral de la persona. Seguía a los seminaristas no solo en su discernimiento vocacional, sino también en su vida personal y familiar. Formaba discípulos, no funcionarios. Este modelo de formación humana y cercana es especialmente necesario en una época de crisis vocacional.

3. La sencillez es credibilidad

En tiempos en que la Iglesia es a menudo criticada por su distancia del pueblo, Don Florentino fue un sacerdote creíble precisamente porque vivía con sencillez, sin pretensiones, sin buscar privilegios. Su coherencia entre lo que predicaba y lo que vivía le ganó el respeto y el cariño de todos. La autenticidad evangélica es la mejor apologética.

4. La Iglesia necesita pastores con olor a oveja

Mucho antes de que el Papa Francisco popularizara esta expresión, Don Florentino la vivía. Era un "hombre de azada", alguien que no temía ensuciarse las manos con el trabajo, que compartía la vida cotidiana de su pueblo, que conocía los problemas reales de la gente porque los vivía él mismo. Este modelo de sacerdocio encarnado, cercano, real, es el que la Iglesia necesita hoy más que nunca.

5. La espiritualidad es integral

La síntesis que Don Florentino logró entre la espiritualidad del Prado (compromiso con los pobres) y el carisma teresiano (oración contemplativa) muestra que no hay contradicción entre acción y contemplación, entre compromiso social y vida interior. Las dos dimensiones se alimentan mutuamente: se sirve mejor cuando se ora mejor, y se ora mejor cuando se sirve mejor.

6. El amor es el centro

Por encima de cualquier otra cualidad, lo que define el ministerio de Don Florentino es el amor: amor a Cristo, amor a la Iglesia, amor a los sacerdotes que formó, amor a los pueblos que sirvió, amor a los pobres a quienes dedicó su vida. Este amor no era sentimentalismo barato, sino entrega concreta, día a día, en lo grande y en lo pequeño.

Memoria viva

Don Florentino Nonay Raga ya no está físicamente entre nosotros, pero su memoria permanece viva en múltiples lugares y personas:

  • En el Seminario de Tarazona, donde su recuerdo inspira a los nuevos formadores a seguir su ejemplo de cercanía y dedicación.
  • En los sacerdotes que formó, que llevan grabada su impronta en su manera de entender el ministerio.
  • En los pueblos de Morés, Sestrica, Viver de la Sierra, Sabiñán, Paracuellos y Embid, donde su presencia pastoral dejó huellas profundas.
  • En la diócesis de Tarazona, que le debe tanto en el ámbito formativo como pastoral.
  • En las páginas de los libros que escribió sobre la historia de Sabiñán y su Cofradía de la Vera Cruz, testimonio de su amor por la cultura local.
  • Y sobre todo, en el corazón de quienes le quisieron, que guardan sus palabras, sus gestos, su ejemplo, como un tesoro que nadie podrá arrebatarles.

Conclusión: Que la Virgen del Pilar y San Roque le acojan

Como escribió el Vicario General en su despedida: "Que Nuestra Santísima Madre la Virgen del Pilar y San Roque, le concedan a su buen hijo descansar junto al Pastor Fiel al que entregó su vida y junto a Él cante la mejor de sus alabanzas, las de la Vida Eterna para siempre, la que no tiene fin y la más feliz".

Don Florentino Nonay Raga fue un sacerdote de vocación tardía que supo convertir ese "retraso" en una ventaja. Fue un hombre de pueblo que nunca renunció a sus raíces rurales. Fue un formador que entendió que educar es amar. Fue un pastor que olía a oveja porque vivía con ellas. Fue un contemplativo que sabía que la oración sin compromiso es estéril. Fue un servidor que nunca buscó honores, sino oportunidades de entregarse.

Sobre todo, fue un testigo de Cristo que vivió con pasión y agradecimiento su sacerdocio, que amó a la Iglesia a pesar de sus sombras, que formó discípulos para el Señor con paciencia y dedicación, y que administró todo lo que le fue confiado —materias y personas— como un mayordomo fiel.

Su vida nos interpela a todos, seamos sacerdotes o laicos: ¿Vivimos con la autenticidad de Don Florentino? ¿Somos capaces de decir "gracias" y "os quiero" con la sinceridad con que él lo decía? ¿Entregamos nuestra vida por los demás sin buscar reconocimientos? ¿Permanecemos fieles a nuestra vocación incluso cuando las cosas se ponen difíciles?

Estas preguntas quedan como legado vivo de un hombre que, en su sencillez, fue grande. De un sacerdote que, sin aspavientos, fue santo. De un pastor que, sin pretensiones, fue padre para muchos.

Descansa en paz, hermano y compañero D. Florentino Nonay Raga. Tu memoria es bendición.

"El discípulo no es más que el Maestro. Vivir como vivió Jesús, pobre y sencillo entre los pobres, es el camino del verdadero seguimiento."
— Beato Antoine Chevrier, inspiración espiritual de Don Florentino

Bibliografía y enlaces consultados

A continuación se listan las principales fuentes en las que se ha basado este artículo: